2. El Análisis de Discurso de Línea Francesa

 El Análisis de Discurso es, segundo Orlandi (1987), una des-disciplina, una vez que es articulada en el  entremedio de tres regiones del conocimiento científico: el Materialismo Histórico (teoría de las formaciones sociales y sus transformaciones), comprendida ahí la teoría de la ideología; la Lingüística,  (teoría de los mecanismos sintácticos y de los procesos de enunciación) y la teoría del discurso (teoría de la determinación histórica de los procesos semánticos).  Además, ella es atravesada por una teoría de la subjetividad, de naturaleza psicoanalítica.  En su obra más reciente, Orlandi (2000) modifica esta concepción, retirando la teoría del discurso, ampliando la noción de la Lingüística y acrecentando la Psicoanálisis como filiación teórica. En este sentido, las regiones serían: el Materialismo Histórico, manteniéndose la concepción anterior; la Lingüística,  constituida por la afirmación de la opacidad de la lenguaje, con su objeto propio - la lengua - que, por su turno, tiene su orden propia y, como tercera región,  la Psicoanálisis, con la interpelación de la noción de individuo  para la de sujeto, constituyéndose en la relación con el simbólico.  El Análisis de Discurso interroga las tres regiones por lo que no consideran.  De esta manera, cuestiona la Lingüística, por dejar de lado la historicidad;  el Marxismo, por no considerar el simbólico y la Psicoanálisis, por no comprender la ideología absorbida por el inconsciente.  Es importante destacar que la Análisis de Discurso originase de la Lingüística, pero, por estar filiada a otras regiones del conocimiento, de ella se aleja.  A pesar de esto, presupone la Lingüística, a medida en que comprende la lengua como un sistema significante.

El Análisis de Discurso (AD) toma por base el discurso como acontecimiento, considerado como un “efecto de sentidos entre locutores” (Pêcheux, 1990) y propone la noción de funcionamiento, o sea, la relación existente entre condiciones materiales de base (lengua) y proceso (discurso).  Orlandi (1987) considera la paráfrasis y la polisemia, respectivamente, lo mismo y lo diferente, matriz y fuente de sentido, como los dos grandes procesos del lenguaje.  Es importante resaltar que el funcionamiento no es solamente lingüístico, ya que las condiciones de producción (situación de los protagonistas) son el concepto básico para la AD, una vez que constituyen y caracterizan el discurso, siendo su objeto de análisis.  Las condiciones de producción son formaciones imaginarias, donde se presentan:

 “la relación de fuerzas (los lugares sociales de los interlocutores y su posición relativa en el discurso), la relación de sentido (el coro de voces, la intertextualidad, la relación que existe entre un discurso y los otros), la anticipación (la manera como el locutor representa las representaciones de su interlocutor y viceversa)” (Orlandi, 1987:158, bastardillas mías).

La relación de fuerzas se refiere al lugar de donde habla el sujeto, al valor de su posición en el discurso.  Como dice Orlandi (2000), nuestra sociedad es , por tanto, si el  sujeto habla del lugar de profesor, por ejemplo, su dicho vale más que el de un alumno.

La relación de sentido deriva del hecho de que no existe un discurso único, inédito.  Todo discurso tiene relación con otros discursos ya dichos o imaginados.

Explicitando mejor la noción de anticipación, presente en las formaciones imaginarias, que pretendo utilizar más adelante, en este trabajo, Orlandi (1987) añade:

“por la anticipación, el locutor experimenta el lugar de su oyente, a contar de su propio lugar:  es la manera como el locutor representa las representaciones de su interlocutor y viceversa... la anticipación de lo que el otro va a pensar es constitutiva del discurso, a nivel de las formaciones imaginarias”. (Orlandi, 1987:126).

El sujeto hablará de una forma o de otra, dependiendo del “efecto que pueda producir en su oyente” (Orlandi, 2000: 39). 

La formación discursiva medía de un lado, las condiciones de producción y el funcionamiento discursivo, y del otro la formación ideológica. Representa en el discurso las formaciones ideológicas, se constituyendo en la relación con el ínter discurso (memoria del decir).  La formación discursiva es, así, “el lugar del sentido, lugar de la metáfora, es función de la interpretación, espacio de la ideología” (Orlandi, 1996:21).  En la concepción de la AD, todo discurso tiene  sujeto, y todo sujeto tiene ideología,  tomando por ideología “el efecto de la relación del sujeto con la lengua y historia para que se signifique” (op.cit.:48).  Orlandi (1994) refiere haber un desplazamiento del concepto sociológico de ideología para el concepto discursivo del término.  La autora afirma, entonces, que la ideología

“no se presenta como ocultación (o  disimulo) sino como transposición (simulación) de sentidos en otros por la relación necesaria con el imaginário, que atraviesa la relación lenguaje/mundo, determinado por la historia en un dado estado de la formación social.  O dicho de otra forma, tratase del necesario apagamiento, para el sujeto, de su movimiento de interpretación, en su ilusión de dar sentido:  la producción del efecto de evidencia  (op.cit.:296).

Brandão (1996) afirma que “el discursivo es una especie perteneciente al género ideológico” (op.cit.:38).  La ideología es inconsciente y materializada en el discurso.  El discurso es, por tanto, el lugar de confrontación entre lengua e ideología.

Orlandi (1996) considera que los sentidos (relaciones del sujeto con la historia) son abiertos y no evidentes, aunque tengan la apariencia de evidencia, además de que son necesariamente discursivos, siempre sujetos a la interpretación.  Esta, por su turno, es “el vestigio del posible.  Es el lugar propio de la ideología y es materializada por la historia.  El gesto de la interpretación se da porque el espacio simbólico es marcado por la incompletad, por la relación con el silencio” (Orlandi, 1996:18).  La AD comprende sujeto y sentido constituyéndose al mismo tiempo.  Ambos no son transparentes y deben ser observados desde su materialidad.

Sobre la tipología del discurso, Orlandi (2000) diferencia tres tipos de discurso: lúdico, autoritario y polémico, caracterizándolos, respectivamente, como predominantemente polisémico, parafrástico y equilibrado entre ambos los componentes.  El discurso en que mejor se observa el juego entre lo mismo y lo diferente seria el polémico.

Otro concepto importante para la comprensión del discurso del sujeto tartamudo es el de silenciamiento. Orlandi (1993) interesase por la política del silencio, que en el discurso aparece como “tomar la palabra, quitar la palabra, obligar a decir, hacer callar, silenciar, etc” (ibidem:31).  La política del silencio (o silenciamiento) significa que al decir, el sujeto no dice, o dice otros sentidos, “como un efecto de discurso que instala el antiimplícito:  se dice x para no (dejar) decir y, este siendo el sentido a se despreciar del dicho" (Ibidem:76).  El decir es interdicto y, cuando esto ocurre, se constituyen  discursos autoritarios, donde no hay reversibilidad.  Es negada al sujeto la ocupación de diferentes posiciones, que permanece estanque en un lugar, produciendo sentidos no prohibidos.  Cabría aquí la noción de migración de sentidos, con su efecto de movimiento, de desplazamiento de posición.  Siempre que hay censura, hay migración de sentidos para otros objetos simbólicos, que significarán lo que no pudo ser dicho.

 

3. La articulación del Análisis de Discurso al Estudio Fonoaudiológico de la Tartamudez

En este momento, pretendo articular el Análisis de Discurso a las cuestiones pertinentes a mi análisis el lugar de la tartamudez y la tensión habla y lengua.  Son cuestiones que me gustaría profundar, bajo el punto de vista discursivo.

 

A. Sobre el lugar de la tartamudez:

 

Creo que la tartamudez se encuentra situada en un espacio distinto del que hasta entonces fue  propuesto por los pesquisidores del área.  La tartamudez no está en el sujeto, ni en el oyente, pero se encuentra en el espacio intervalar – en el discurso.

Los sujetos que hicieron parte de mi análisis identifican la tartamudez en ellos propios, en la lengua, en el teléfono, en el otro.  El sujeto se remite a su tartamudez como dificultad materializada en un  significante, o en un objeto, o con un oyente determinado.  En este sentido, bajo el punto de vista de los sujetos en estudio, tendríamos:

a)     La tartamudez está en sí – en este caso, el sujeto se coloca en la posición de incapaz de producir ciertos fonemas, a los cuales, de antemano, atribuye la  certeza del error;

b)     La tartamudez está en el objeto que sirve de intermediación (teléfono o libro, por ejemplo) – en este caso, el sujeto es silenciado o colocado en la posición de tartamudo como efecto de este objeto;

c)      La tartamudez está en el otro – en este caso, hay una dislocación de la posición de sujeto hablante para sujeto tartamudo o silenciado, como efecto de hablar a un cierto oyente.

Hay un desencuentro entre donde está la tartamudez bajo el punto de vista del funcionamiento del lenguaje y bajo el punto de vista del sujeto (tartamudo).  El primero es conocimiento científico; el segundo, empírico.  En el discurso del sujeto (tartamudo), él retira del otro  su función de intérprete del discurso, asumiendo la visión del otro como la de  alguien que es intérprete de él como sujeto tartamudo (ver concepto de anticipación de Orlandi (1987; 2000), el item  2.  En este caso, el otro no es alguien con quien el sujeto (tartamudo) conversa, pero es aquel que tiene por objetivo, citar sus errores, acordándole todo el tiempo de que es tartamudo.  Esto es algo que él anticipa del otro, pero que no está en el otro.

Necesitamos salir de estos espacios divididos, separados, a fin de comprender que el espacio de constitución del sujeto es siempre una posición en relación a. Este concepto no es reconocido por el sujeto tartamudo, una vez que este se ve siempre como tartamudo, cristalizado en sólo una posición.  Comprender el sujeto como posición   implica en posibilidad terapéutica, una vez que la enfermedad no está en el sujeto, pero en una posición discursiva en la relación con el otro.

 

B. Sobre la oposición lengua y habla:

 

La lengua (sin sujeto) es un sistema de reglas regidas por leyes propias.  De Lemos (1992) comprende la noción de lengua como funcionamiento (procesos metafóricos y metonímicos) y la noción de sujeto atrapado por este funcionamiento.  Vieira (1997) cuestiona exactamente la tensión existente entre el sujeto y la lengua /el lenguaje, para afirmar que el saber (De la lengua)  es insabido y, siendo así, “estamos hablando aquí de un sujeto dividido, de um sujeito que não pode decidir sobre “acerto” e “erro”, por exemplo.  Quem, afinal, decide errar?” (op.cit.:67). Saussure (1987) opone lengua al habla, considerando que la primera relacionase al colectivo y al hecho social y el segundo, es calificado como individual, accesorio y secundario al funcionamiento de la lengua.  Veyne (1985) afirma que “una palabra parece sonora desde que no sea absorbida por el significado”, lo que nos lleva a pensar que cuando hablamos o escuchamos el otro hablar, no es el sonido de las palabras que aprendemos, pero  su sentido.

En el orden discursivo, hay una tensión entre lengua y habla. Esta tensión es estructurante y determina todo  decir, de tal manera que lenguaje es la articulación de lengua e habla.  En la poesía, hay un efecto de desarmonía entre los ejes metafórico y metonímico.  Jakobson (1995) afirma que el primado de un proceso sobre el otro influencia corrientes literarias, como las escuelas romántica y simbolista, visiblemente metafóricas y la corriente literaria realista, predominantemente metonímica.  En las canciones líricas rusas, hay una preponderancia de metáforas; ya en la epopeya heroica, las construcciones metonímicas son excedidas.  En Brasil, un ejemplo clásico de canción predominantemente metafórica es “Pedro Pedreiro” (Pedro albañil), de Chico Buarque.  El efecto poético trabaja en este desequilibrio.  En el discursivo, una desarmonía en esta tensión, por si sólo, no genera la patología, a no ser que haya el efecto de extrañamiento, que genera en el otro atribución de sentido del patológico.  En el caso de la tartamudez, el sujeto alienase3 en la lengua o es silenciado por las condiciones de producción, como veremos en el último ítem.  En ambos los casos, hay un desequilibro de esta tensión.Aquello que se encuentra en el orden discursivo es visible para el otro y, por tanto, pasible de nombramiento.  En este sentido, la tartamudez es ejemplar, una vez que genera un efecto de dispersión en el oyente que, entonces, prende el sujeto al significante “tartamudo”, restringiendo  su discurso, o sea, opera un cerramiento del no-dicho en dicho.  El sujeto tartamudo utiliza estrategias defensivas de evitar o  retrasar la tartamudez que, finalmente, sólo la ratifican:  substituye palabras, repite, bloquea sonidos, realiza movimientos con la cabeza, bate el pie, la mano, desviándose, o no, del discursivo. De esta forma, él atribuye valor a la  forma, en detrimento del sentido, o sea, alienase en la lengua.  Además, el sujeto tartamudo tiene un decir marcado por el equívoco, con la certeza de que, en determinadas condiciones de producción, no conseguirá hablar sin tartamudear.  Es capaz de listar sinnúmeros sonidos, como el “p”, “b”, “t”, o palabras que, a priori, está cierto del fracaso.  Probablemente, hay determinadas condiciones de producción que traen como efecto  la tartamudez, una vez que el sujeto tartamudo cree  que el otro le silencia, colocándolo en la posición de tartamudo.  

En el discurso del sujeto que presenta tartamudez, hay una evidente desarmonía entre habla y lengua.  El sujeto permanece sometido a la lengua, a medida que afirma no ser capaz de producir determinados significantes, relacionándolos a sus sonidos iniciales, quedando el lenguaje a deriva, yendo para cualquier lugar, donde él no tiene más acción sobre ella.  Parece que el sujeto tartamudo oye sólo la lengua (los fonemas, las palabras...), confirmando la citación de Veyne, más arriba, o sea, alienase en la lengua, perdiendo la posición de hablante.

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