Mi interés por la tartamudez apareció en la época de la graduación, en la década de setenta, cuando la Fonoaudiología en Brasil todavía daba sus primeros pasos y los investigadores en el área eran casi inexistentes.
Mis profesores importaban teorías positivistas, que alienaban sus discursos en lugares comunes: “la tartamudez no tiene cura”; “la tarea del fonoaudiólogo es controlar el habla del tartamudo”; “la tartamudez es un misterio”; “es muy difícil trabajar con la tartamudez”, como pude rememorar, reviendo mis apuntes de la época de la universidad. Durante la pasantía, atendí un paciente tartamudo, siguiendo, fielmente, las enseñanzas de Van Riper1, acompañada de la orientación de la supervisora. El resultado (¡y el término sólo puede ser este mismo!) fue un paciente completamente sometido a la norma de la lengua, que no podía hablar una palabra sin pensar en como iba a hacerlo, que tendría que relajar labios, lengua, tocar suavemente cierto(s) punto(s) articulatorio(s) para, finalmente, hablar con-tro-la-da-men-te. Llegamos, de esta manera, al final del proceso terapéutico, el momento de la alta. El paciente fue desligado del atendimiento, cuando se mostró apto de mantener el control de su tartamudez, pues, conforme el paradigma vigente, era un tartamudo fluente2. Yo, sin embargo, permanecí insatisfecha con el resultado terapéutico, movilizada por cuestiones que la teoría no respondía.
En el comienzo de los años ochenta, empecé a enseñar en la Universidad Católica de Pernambuco, Brasil y una de mis disciplinas contemplaba (y todavía contempla) la tartamudez, entre otras patologías del lenguaje. Inicié, también, el atendimiento en consultorio, donde actúo en el área de lenguaje, especialmente con sujetos tartamudos. Pasé a vislumbrar, en la tartamudez, muchos espacios para pesquisa, cuando reconocí en esto una materialidad única, que me desafió a atravesárla, rompérla, para comprendérla mejor.
En el transcurrir de esta década, la Fonoaudiología prosiguió su caminada, con un aumento considerable de publicaciones y oportunidades de ingreso en el pós-grado. En la década de noventa, tuve aceso a textos, disertaciones y tesis cuya fundamentación teórica estaba basada en la Lingüística. Interéseme, particularmente, por el subsídio teórico del Análisis de Discurso, tal como propuesto por Pêcheux, en Francia y desarrollada por Eni Orlandi, en Brasil.
Parecen no existir, en la literatura fonoaudiológica, estudios que contemplen la tartamudez, bajo el punto de vista de una teoría del lenguaje (Azevedo y Freire, 2000). Hoy, las propuestas terapéuticas más conocidas siguen los principios de la Psicología Experimental, Social, o de la Psicoanálisis, de la Filosofía fenomenológica y, todavía, de la Biología. Todas las teorías, evidentemente, presentan contribuciones a la clínica fonoaudiológica, a medida que, de sus lugares teóricos, operan alguna forma de circunscripción de la tartamudez. Por no partieren de una teoría de lenguaje, esas abordagenes, naturalmente fieles a la fundamentación teórica en la que se apoyan, dejan escapar el lenguaje y con él, excluyen el sujeto, una vez que ambos se encuentran indisolublemente unidos, pues sujeto y lenguaje se constituyen mutuamente.
Mi trayecto, en este trabajo, se dió de la clínica para la teoría. Constituye recortes discursivos de sesiones terapéuticas y, a partir de ahí, me aventuré a pensar la tartamudez de un lugar distinto de lo de otros estudiosos – el discursivo. Analisé el discurso de siete sujetos tartamudos, durante el atendimiento fonoaudiológico. En la interdiscursividad, busqué realizar un análisis de las propiedades discursivas, o sea, la relación de la totalidad discursiva con la exterioridad.
Busco marcar el método de mi pesquisa – el discursivo - y el procedimiento – el análisis de las propiedades discursivas de recortes de textos distintos que tratan del mismo tema, a fin de caracterizar funcionamientos discursivos. De esta forma interpelo la teoría por medio de la clínica y, por la vía del lenguaje, busco desvendar el discurso (y el sujeto) de la tartamudez.
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